domingo, 14 de febrero de 2010

Y pronuncias mi nombre

y se rompe
esta cáscara amarga
dique al embate de tu ternura
anegando mi estío,
este paisaje de pedregal al horno
que hicieron de una vida
que jamás renunció al Paraíso
verde,
verde como el “te quiero”
de Lorca,
verde
¡que te quiero!
verde.

Bandera ave nube para alzarme
de estos escombros a los que llaman suelo:
Mi nombre en tus labios.
…..
Y ser homo hasta en eso,
ser homónimas.
Tú y yo un enredado verso mismo
flores y hojas amarradas
hasta del apellido
aunque tus padres y los míos
ni se conocieran.
Qué vida más extraña.
Somos cuatro.
Todos del mismo nombre.
Cuatro ramas que al mismo tronco llevan,
aunque tus padres ni los míos
jamás pensasen
estar engendrando un unigénito de amor
dado que él es uno.
Somos la misma persona
separada en un acto de redención
o amor sufriente
que al fin se encuentra.
Para que digas mi nombre
y rompas de esa ola de tus labios
a este pantano sus compuertas;
para que lo repitas
y te inundes,
nos inundemos los cuatro
de bellas primaveras:
tu nombre,
mis dos nombres,
estos dos apellidos que nos damos.
Separado amor en rostros diferentes
cuando el espejo dice que son uno.
Pálida luna del cristal
cuya verdad ignoran
cuantos sin propósito de amor
tan grande como el mundo
para encender su azogue
allí se asoman
y oscuridad obtienen,
sin que les cuente,
sin que les deje mirar del otro lado,
ese del que tú y yo estamos
siendo uno.